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1. EL AZÚCAR


En nuestro inconsciente colectivo existe la idea de que los dulces refinados nos aportan felicidad y probablemente por eso en las fiestas infantiles y en determinadas celebraciones llenamos las mesas con chucherías, bollería y bebidas azucaradas o premiamos determinados comportamientos de los niños con una piruleta o una galleta. Hay una razón biológica muy ancestral que da un sentido a esta asociación del dulce con el placer, pero la deriva que está tomando hoy en día es demasiado para la salud de los más pequeños.


¿Realmente tiene sentido que enseñemos a nuestros hijos a celebrar las cosas bonitas que les pasan con algo que les perjudica? Evidentemente si lo hacemos de forma puntual no pasa nada, pero el problema es que lo hemos hecho una norma, generando en ellos conductas adictivas y la sensación de necesitar una recompensa constantemente.


Hoy en día los niños comen muchísimo más azúcar de lo que su cuerpo necesita y esto es perjudicial. Es así por mucho que lo queramos minimizar.


Entre un 60 - 70% del azúcar que ingerimos está camuflado y casi no somos conscientes de ello. Lo encontramos en embutidos, en salsas, sopas, panes, papillas, yogures, bebidas vegetales… hasta en unos pimientos asados o en un “trinxat” (¡sorprendentemente lo pude comprobar la semana pasada!).


Y es nuestra responsabilidad como adultos poner las cosas fáciles a nuestros hijos retirando los ultraprocesados de su alcance, ofreciendo alimentos primarios como frutas, frutos secos, semillas, cereales integrales, huevos etc. y siendo unos modelos saludables de transmisión de hábitos.